Cincuenta años hace ya desde que un puñado de valientes decidieron que querían hacer investigación en astrofísica. Con mucha ilusión y muy pocos medios sembraron la semilla de lo que hoy es el Instituto de Astrofísica de Andalucía. En aquellos primeros años, en una España en la que aún resonaba el “que inventen ellos” de Unamuno, tuvieron la audacia de pensar que desde Granada se podía hacer instrumentación.
Una instrumentación que, en sus inicios, voló a bordo de cohetes de sondeo para estudiar la atmósfera terrestre y que, desde entonces, ha viajado a bordo de misiones espaciales que han explorado la mayor parte de nuestro Sistema Solar: el Sol, Venus, Marte, Mercurio, Titán, y ha viajado junto al cometa 67P Churyumov-Gerasimenko en su órbita alrededor del Sol.
Y, naturalmente, un instituto de astrofísica debía contar con un observatorio propio: el Observatorio de Sierra Nevada (OSN). Situado a 2.900 metros sobre el nivel del mar, fue inaugurado en 1981. En 1992, se instalaron los telescopios de 1.5 y 0.9 metros de diámetro, este último rebautizado con el nombre de Telescopio Ángel Rolland, en honor de nuestro compañero y cofundador del IAA.
El trabajo y dedicación de ese grupo pionero nos abrió las puertas de los centros internacionales de investigación de referencia a las nuevas generaciones donde, tras finalizar nuestras tesis doctorales en el IAA, recalamos a realizar nuestras estancias postdoctorales.
Todo este trabajo nos lleva al IAA de hoy, un centro que aglutina casi 300 personas de veintidós nacionalidades diferentes. Un centro que desarrolla investigación cubriendo prácticamente todas las ramas de la astrofísica, desde estudios del Sistema Solar, Física Estelar, Formación estelar, investigación galáctica y extragaláctica y cosmología y que, además, desarrolla instrumentación científica para misiones espaciales, estando involucrados asimismo en las mayores infraestructuras astrofísicas de nuestro planeta. Es decir, el centro de referencia internacional al que los/as jóvenes investigadores internacionales quieren venir a desarrollar su investigación.
Cincuenta años sí, pero más jóvenes que nunca y preparados para afrontar un futuro que ya es presente y que se perfila con retos estimulantes y ambiciosos, llamados sin duda a depararnos numerosas sorpresas.
